Folia Humanística Número 5. - Febrero-marzo 2017
La entrevista
Raúl Calvo Rico e Irene Chico Sánchez
Médico de Familia y Residente de Medicina Familiar

Resumen:  La entrevista clínica es el arma más potente con el que cuenta el médico de cabecera para desempeñar su papel: dar respuesta a las necesidades de los pacientes con el mejor conocimiento científico, técnico y de relaciones humanas(1). En Medicina de Familia se pretende integrar lo humano y lo técnico, la comunicación y el razonamiento clínico. La entrevista es donde se desarrolla la relación médico-paciente, convirtiéndose en una experiencia de aprendizaje mutuo. El diagnóstico se encuentra codificado en la narración y nuestra tarea como médicos de familia no será diagnosticar qué tipo de enfermedad tiene el paciente, sino entrar en su mundo privado(2), sin juzgarlo, y poder entender cómo vive cada una de esas alteraciones que de un modo u otro afectan a su bienestar físico, psíquico o social.
 
Palabras clave: Entrevista clínica, Relación médico-paciente, Humanismo, Medicina familiar, Comunicación.



Abstract:The interview
 
The clinical interview is the most powerful tool of a family doctor to play his role and respond to the patients´ needs with the best scientific, technical knowledge and an understanding of human relationships. Family medicine seeks to integrate the human and the technical, the communication and the clinical reasoning. The interview is where the doctor-patient relationship is developed, becoming an experience of mutual learning. The diagnosis is codified in the narrative and our task as family doctors is not to diagnose what type of disease the patient has, but to enter into the patient´s private life, without judging him and to be able to understand how the patient lives each one of these alterations that, somehow or other, affect his physical, psychic and social welfare.

 
Keywords: Clinical interview, Doctor-patient relationship, Humanism, Family medicine, Communication.



Artículo recibido: 18 octubre 2016; aceptado: 4 marzo 2017.
 
* El relato que publicamos fue galardonado con el primer premio para relatos del XXVII Congreso de Entrevista Clínica y Comunicación Asistencial celebrado en Donosti en 2016.

Una consulta cualquiera, en un centro de salud cualquiera, en un lugar cualquiera.

El médico mira su edad dos veces, incluso la calcula mentalmente con los dos primeros números de su CIP. No, no había ningún error. Las matemáticas no engañan. Mirados veces a sus ojos, incómodo como al que pillan cotilleando donde no le llaman. Aquella mirada triste, los ojos mates, todas y cada una de las pequeñas arrugas que se extrarradiaban desde las órbitas. Todasse empeñaban en imponer su ley. Unaley de hierro de la vida, mucho más dura que la benevolente ruleta del destino de la fecha de nacimiento. 

Aquel hombre era extraordinariamente viejo. Ylo que resultaba aún más desasosegante, aquel hombre no parecía tener ningún futuro.

Una historia clínica con una única anotación, un reconocimiento de empresa transcrito a regañadientes al poco de llegar el médico a su nuevo cupo. Sin alergias medicamentosas, no fuma ni bebe, practica ejercicio (juega al tenis) con regularidad. Casado,con una hija. Trabaja como comercial. Operado de apendicitis a los diecisiete años. Una vida en cuatro líneas. ¡Una vida! ¡Qué poco sabemos los médicos! Es inevitable pensar en cuántasveces nuestro paso por la vida de los pacientes deja apenas un arañazo en un búnker de hormigón de cuatro metros de grosor.

La consulta se terminaba. La ventana que había a espaldas del médico hacia rato que había dejado de regalar el sol de la tarde y los balidos de las ovejas de la granja junto al centro de salud. El cansancio se acumulaba y rodear la mesa, para salir a llamar al siguiente paciente, empezaba a hacérsele claramente cuesta arriba. Al médico no le gusta estar cansado en la consulta. Transpira debilidades y las neuronas parecen empeñadas en hacerle pagar peaje para transitar por las mismas autopistas por las que antes corría como James Dean en su Spyder plateado.

No sabe si es el último paciente, pero sí que está deseando que aquello se convierta en una simple, rápida e insustancial consulta. Quizás se trate de uno de esos ramalazos burocráticos de los que se abjura con indignación en los foros de la Atención Primaria, y que sin embargo sacan la sonrisilla de padre condescendiente cuando te vienen al pelo. 

Aquel caballero se sienta en la silla como si cada uno de sus músculos pesara media tonelada. La viva imagen de la derrota. El médico se siente abrumado por la obscena claridad de su lenguaje corporal, que se empeña en desnudar al paciente ante él a pesar de su silencio. 

-¿En qué puedo ayudarle? - dice, con la misma timidez que un adolescente en su primera cita. Y es que toda aquella pena transpirando en la habitación le cohíbe. 

-Mire doctor, vengo obligado por mi jefe. Es un buen hombre y esta mañana me llamó a su despacho para decirme que cogiera cita y viniera a su consulta sin falta. Dice que llevo ya demasiado tiempo así y que prefiere que pare unos días y me recupere bien antes de volver al trabajo. 
Su tono de voz, como su mirada, como sus arrugas, como sus hombros hundidos y sus manos sobre las piernas inmóviles, seguían hablando a sus espaldas, seguían diciendo que aquel era un hombre viejo, acabado, sin esperanzas.

La noche se cerraba ya, egoísta, sobre el pueblo, las farolas intentaban salvaguardar la civilización cómo podían, y el médico tenía claro que aquel día volvería a llegar tarde a casa. 

-¿Y qué es lo que le ocurre? 

-No consigo concentrarme, duermo poco y me encuentro siempre cansado. He perdido peso, pero es lógico, apenas como. Se me han escapado ventas que antes jamás hubiera dejado escapar

Las palabras átonas se arrastraban intentando cubrir de racionalidad el irracional sentimiento de desesperación que resultaba tan obvio. Su mirada se perdía en la ventana. El médico percibía el fracaso que subyacía tras la entrevista y como los restos de aquel hombre se parapetaban en formalismos, quizás repasados en la sala de espera, mientras el resto de sí mismo le enseñaba el naufragio. 

Así que el médico le hace un corte de mangas al destino fútil en que parecía convertirse aquella petición de baja, y decide lanzarse a degüello. Al fin y al cabo, si uno va a llegar tarde a casa, que sea por una buena causa.

-Usted está casado y tiene una hija, ¿verdad?

-Mi hija..- la mirada se fija fríamente en el cristal de la ventana y la voz se vuelve de acero. El latigazo de dolor es tan palpable que le endereza en la silla, como si hubiera sido su Mary Shelly particular, como si descubrir que aún quedaba en su interior un sentimiento, aunque fuera éste, hubiera devuelto por el momento la vida al cadáver andante en que se había convertido. -Mi hija se mató en un accidente de moto hace un año. Su madre y yo llevábamos separados cuatro años. Ella se marchó porque trabajaba demasiado. Se hartó de esperar a que se agotaran esos pocos años que yo le había pedido de sacrificio para situarme. 

Tenía dieciséis. Ahora que no está, soy capaz de acordarme con un realismo de película de los más mínimos detalles: los colores de las gomas del pelo con los que sujetaba su coleta para ir al colegio, los patines de bota que le regalé cuando cumplió siete años, el juego de maquillaje que le trajo el Ratón Pérez el verano que se le cayó el primer diente y que tuve que salir a comprar de madrugada al OpenCor. Qué curiosa es la mente humana, ¿no le parece, doctor?

Vuelve a mirar al médico y el hechizo frankesteiniano ha desaparecido como por ensalmo. La desesperanza reaparece y se hace cargo del remedo de ser humano que se ha quedado callado frente a él. El silencio se adueña del espacio y exige ser respetado. No importa, porque en las entrevistas, los silencios pesan tanto como las palabras, y a veces, las historias se llenan más con ellos. Pero los silencios encierran el peligro oculto de estallar entre nuestros dedos, y, como el humo de un mago, hacen desaparecer al prestidigitador, dejándonos con un palmo de narices. 

-En fin, ha sido una tontería, no se preocupe. Hablaré con mi jefe y le pediré que me de esas vacaciones que tengo pendientes desde hace más de un año y a la vuelta estaré perfecto.- Se levanta con movimientos inesperados sobre los balbuceos inútiles del médico, balbuceos  de público asombrado ante el truco de magia. En la misma puerta se vuelve por un segundo. -La moto se la compré yo aunque su madre se oponía. Nunca pude negarle gran cosa. 

El médico se queda en el rellano viendo como atraviesa las puertas inteligentes y se pierde en la calle. Si quedaba algún paciente, se ha debido de marchar, porque la sala de espera esta vacía. La administrativa está recogiendo su bolso y la enfermera trastea en el maletero de su coche. 

La carretera está oscura y tiene toda la longitud del fracaso. La música tranquila tiene esta vez poco efecto balsámico. Llevarse a casa estas horas extras debían enseñarlo en primero de carrera. Durante unos días, el médico reserva siempre un momento en la cabeza para repasar aquella entrevista. Busca su nombre en las listas sin encontrarlo hasta que las demás vidas van cubriendo el recuerdo como placas tectónicas. 

-Fíjate qué pena. -La administrativa lee el periódico antes de empezar las consultas. -Un vecino del pueblo fue al lugar donde su hija se había matado con la moto, colocó un ramo de flores y allí mismo, se pego un tiro.
 
Raúl Calvo Rico

Medico de Camarenilla y Arcicóllar.
Centro de Salud Camarena.
Gerencia de Atención Primaria de Toledo
Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria.
Tutor de residentes de MFyC.
 
elpatriarca4ever@gmail.com
 
  
Irene Chico Sánchez
 
Residente de 4º año de Medicina Familiar y Comunitaria.
Centro de Salud Camarena.
UD MFyC de Toledo.
 
irenechico@hotmail.com



Cómo citar este artículo:

Calvo, R., Chico, I. “La Entrevista”,  Folia Humanística, 2017 (5): 42-47. Doi: http:// (pendiente)


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