Folia Humanística Número 11. - febrero-marzo 2019
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La escuela, ¿un receptáculo del pensamiento crítico?
Jordi Nomen
Escola Sadako

Resumen: El presente artículo pretende abordar las características del pensamiento crítico y su implementación en la educación primaria y secundaria. Si queremos que los futuros ciudadanos de nuestro país sean capaces de construir una democracia mejor, deberemos dotarlos de las competencias necesarias, en particular el pensamiento crítico y la participación activa y responsable. Para ello, la escuela debe crear las condiciones que las potencien y fortalezcan, a fin de asegurar su ejercicio y consolidación.

Palabras clave: pensamiento crítico/ educación/ ciudadanía/ competencias cívicas y ciudadanas/ participación activa y responsable. 



Abstract:

This article aims to address the characteristics of critical thinking and its implementation in primary and secondary education. If we want the future citizens of our country to be able to build a better democracy, we must equip them with the necessary skills, particularly thinking critical and active and responsible participation. For this, the school must create the conditions that empower and strengthen them, in order to ensure their exercise and consolidation.

Keywords: critical thinking/ education/ citizenship/ civic and civic competences/ active and responsible participation.



CONSIDERACIÓN PREVIA

El presente artículo es una transcripción, con ciertas libertades, de la presentación que se mostró en las IV Jornadas sobre Pensamiento Crítico organizada por la Fundación Moisés Broggi, el pasado 18 de octubre en Barcelona. Está dividido en dos partes: la primera define las características del pensamiento crítico en el contexto actual; la segunda, propone las condiciones que pueden hacer posible el trabajo del pensamiento crítico en las aulas de Educación Primaria y Secundaria. Finalmente, se citan unas conclusiones sobre la necesidad de hacer efectivas las competencias del pensamiento crítico en educación, sobre todo si queremos unos ciudadanos que puedan participar y gestionar una mejora de nuestra democracia y una resolución negociada de los problemas y conflictos inherentes al ser humano. La tesis fundamental que se defiende en estas líneas es que la escuela debe proporcionar los medios y contextos para que los alumnos puedan aprender a pensar por sí mismos, de forma crítica; en definitiva, debe convertirse en el receptáculo que contenga los saberes, procedimientos y valores que desarrollen la competencia crítica de los alumnos en su relación con los demás y con el mundo
 
¿QUÉ CARACTERIZA EL PENSAMIENTO CRÍTICO?

El pensamiento crítico es aquél que se basa en buenas razones para analizar la realidad, aquél que sabe crear y sostener buenos argumentos que den solidez a nuestras opiniones. De hecho, podemos entender fácilmente que, si el ser humano es un ser dotado de opinión, es necesario que esta opinión esté fundamentada. Nadie puede negar que nos pasamos buena parte del día evaluando lo que sucede y que, de forma inevitable, nos posicionamos ante la realidad con nuestras opiniones. Verdaderamente, tal como afirma la filósofa Victoria Camps1?, las opiniones tienen mucho de creencia. Pero esta constatación, que hace indemostrables muchas de nuestras opiniones, no implica que todas las opiniones tengan la misma fuerza. Evidentemente, las opiniones que se apoyan en el método científico aportan una seguridad y una verdad más plausible que las que no lo hacen. Sin embargo, la ciencia no puede responder todas las preguntas y, cuando nos preguntamos sobre las opiniones  humanas, nos encontramos faltos de este recurso y tenemos que buscar otros argumentos que no tienen anclaje en una demostración científica. Así, por ejemplo, ante la pregunta sobre si la pobreza es evitable, se nos pide que aportemos un juicio como respuesta. La ciencia nos puede aportar evidencias numéricas sobre la cantidad de comida que necesita una persona para salir de la situación de pobreza y también sobre la capacidad y recursos del planeta para soportar una determinada presión demográfica. Sin embargo, ya hay otras consideraciones que descansan en evidencias que van más allá de la ciencia, como si sería plausible que un mejor reparto de la riqueza resolviese el problema y si sería posible conseguirlo en un mundo marcado por unas posiciones de poder tan marcadamente inequitativas. Cuando nos adentramos en creencias y opiniones, muchas veces, la ciencia no puede resolver, porque la ciencia fija las variables a considerar y no puede recoger una variabilidad basada en la impredictibilidad que muchas veces impregna lo humano.

La primera característica del pensamiento crítico a la que nos queremos referir es su exigencia de coraje, porque es un pensamiento que va contracorriente, como los salmones que remontan el río para desovar. ¿Por qué decimos esto? Debemos tener presentes las características del mundo en que vivimos. En palabras de  Zygmunt Bauman , nuestro mundo ha acelerado la percepción del tiempo. Vamos rápido, muy rápido, intentando reaccionar a los estímulos con prontitud, como si una respuesta meditada fuera poco efectiva y restase fuerza a nuestras decisiones. El pensamiento crítico, que requiere reflexión y tiempo, se mueve, en este sentido, en una dirección divergente. Reflexionar significa, etimológicamente, volver a mirar, y eso quiere tiempo y calma, quiere priorizar el análisis del estímulo y de su contexto, a la respuesta. Tanto las redes sociales como la multitud de estímulos que nos rodean circulan a altas velocidades, mientras que la Filosofía, con su vocación de repensar, quiere proponer un análisis sereno y tranquilo, que huya de la tiranía de lo inmediato. Aprender a pensar por uno mismo requiere su tiempo y su espacio, y no admite la precipitación en el juicio.

En segundo lugar, hay que considerar que el pensamiento crítico nos aporta y nos pide libertad. La libertad de sopesar los pros y contras para poder elegir, no sólo en teoría sino también en la práctica, ante los retos que plantea la vida. Tenemos un riesgo cierto de ser manipulado por el poder, por los medios de comunicación, por los dogmatismos excluyentes que nos prometen paraísos sin espinas. Sólo con un afinado sentido crítico podremos decidir libremente, y podremos con éste resistir también la presión del grupo o de la propia idea de normalidad, que a menudo pueden encadenar las personas.

En tercer lugar, el pensamiento crítico tiene confianza en la razón para acercarse a la verdad. Podemos discutir largamente sobre si la verdad existe, o si podemos llegar a captarla, pero parece claro que hay criterios lógicos, de correspondencia con los hechos, de causalidad o consecuencia, de claridad, que dan fuerza a los argumentos que se sostienen sobre ellos. Ciertamente la verdad suele ser, fuera del nivel factual, una construcción de puntos de vista diversos. En mi opinión, esto no la invalida como característica del pensamiento crítico. Al contrario, nos obliga al abordaje de la complejidad. El relativismo debe matizarse con la confianza en la razón y la razonabilidad, que son características profundamente humanas.

El pensamiento crítico es inconformista. No se aviene a dar por hecho, sino que trabaja para reconocer el error y la debilidad. Como decía Popper, siempre trata de falsar las certezas, en una continua búsqueda de la mejora y la complejidad de los problemas y retos que afronta. Así mismo, el pensamiento crítico demanda justicia, dado que no permite validar ni los estereotipos (que consiste en simplificar abusivamente las características de un grupo) ni los prejuicios (que son juicios previos y distorsionados sobre una persona, materia o idea). El pensamiento crítico reconoce los matices y las excepciones, y no trata nunca de forzar los casos únicos y los contextos diferentes para que encajen en las normas. No todo vale para todos, ni a todas horas. Por eso el pensamiento crítico es profundamente indagador y no permite recetas sencillas.

El pensamiento crítico anima constantemente el pensamiento creativo y el pensamiento cuidadoso. El creativo porque siempre está abierto al análisis de nuevas ideas, de nuevas orientaciones que ponen en duda - en palabras de Edward de Bono los caminos de comodidad en la que se mueve nuestra mente habitualmente, para explorar así otras vías alternativas. El cuidadoso porque tiene en cuenta a los demás, porque buscala imparcialidad, la integridad, la empatía y el respeto. El pensamiento crítico es, en este sentido, un gran arquitecto del carácter que procura, con su práctica, generar un perfil de persona prudente y ecuánime.



Tomada de:

 https://pensamientoyconocimiento.weebly.com/caracteriacutesticas-del-pensamiento-criacutetico.html


El pensamiento crítico aspira a dirigir la transformación social. Es evidente que como el tiempo pasa, el cambio afecta a las estructuras sociales, económicas, políticas y culturales. Todo se mueve, y nada se repite exactamente porque el contexto siempre es variable. Así pues, la transformación es inevitable. La pregunta clave es, pues: ¿Hacia dónde vamos? El pensamiento crítico aspira a dirigir la transformación hacia un mundo mejor, más libre, más justo. Obviamente los conflictos, como característica inherente a la diversidad humana, siempre estarán. Sin embargo, está en nuestras manos explorar vías de resolución que no pasen por la competencia y la generación de vencedores y vencidos. Al contrario, se trata de encontrar soluciones que deriven hacia la cooperación y la negociación, donde todo el mundo pierde una parte para que todos puedan ganar una parte. Si hacemos buena la máxima de Kant[i], "Sapere aude", atrévete a pensar, podemos ganar espacios de mejora que no dejen fuera nadie. En este sentido hago mías las palabras que utilizó Santiago Gamboa   en un artículo de opinión del diario el País[ii], publicado el 8 de septiembre de 2012, referente al conflicto de Colombia. Permitidme recoger unos breves fragmentos, sumamente significativos: “Hace algunos años, siendo representante de mi país ante la Unesco, le escuché decir al delegado de Palestina lo siguiente: <Es más fácil hacer la guerra que la paz, porque al hacer la guerra uno ejerce la violencia contra el enemigo, mientras que al construir la paz uno debe ejercerla contra sí mismo>. En efecto, es violento darse la mano y dialogar con quien ha martirizado y herido de muerte a los nuestros, es violento hacerle concesiones a ese otro y reconocerlo como igual. Es muy violento, pero debe hacerse. (...). Hace muchos años, en una entrevista, Amos Oz decía que en conflictos como el de Oriente Próximo (y aquí agrego el de Colombia) solían converger dos visiones literarias: de un lado la justicia poética al estilo Shakespeare, donde los principios y el honor prevalecen sobre todo, incluso la vida, pues nadie transige pero el escenario queda cubierto de sangre; y del otro la triste justicia humana de Chéjov, con personajes que discuten sus desacuerdos, los resuelven y al final regresan a sus casas bastante frustrados. Pero regresan vivos”. Creo que ambos fragmentos hablan por sí mismos.

Finalmente, el pensamiento crítico nos permite afrontar mejor el sufrimiento. Y lo hace porque permite el autocontrol, en palabras de George Didi-Huberman[iii]el necesario distanciamiento de unas emociones que nos acercan al vivir, a veces demasiado, y permite encontrar el equilibrio que necesitamos para que el odio, la envidia y el miedo no tomen el timón de mando de nuestros pensamientos y acciones. El pensamiento crítico aleja, toma perspectiva, respecto a las emociones, apoyándose en la razón.
 
¿CÓMO PODEMOS LLEVAR EL PENSAMIENTO CRÍTICO A LAS AULAS DE PRIMARIA Y SECUNDARIA?

En primer lugar, la Filosofía como saber inquieto e indagador si se practica de forma adecuada, puede ser una magnífica estrategia para provocar el pensamiento crítico. No es ciertamente la única estrategia porque desde la ciencia, el arte o el juego, puede también trabajarse este tipo de pensamiento. Con todo, en el marco del proyecto de Filosofía para niños que crearon, en los años sesenta y setenta del siglo pasado, el filósofo norteamericano Matthew Lipman y la también filósofa Ann Margaret Sharp, podemos hallar ese conjunto de condiciones que permitan a los niños y jóvenes pensar críticamente.

En primer lugar, cabe decir que la escuela debe ser el lugar en el que aniden más las preguntas que las respuestas. Pero, ¿qué tipo de preguntas? Obviamente, las buenas preguntas que promuevan el pensamiento crítico. ¿Y cómo las reconoceremos? Sobre todo, porque sobrepasan la dualidad de lo correcto y lo incorrecto, porque promueven cuestionarse qué y cómo sabemos lo que sabemos, porque requieren una respuesta amplia, que suele contener hechos y diversidad de opiniones, con distinta fuerza. Se trata de preguntas que contienen lo sabido y lo sentido, que provocan indagación y apelan a la complejidad. Este tipo de preguntas tratan temas sociales relevantes, controvertidos, que enraízan en las necesidades del ser humano. Son preguntas que huyen de la respuesta directa para investigar sobre lo que desconocemos, para provocar que busquemos e incluso recorramos caminos que, lejos de lo usual, buscan lo lateral, lo creativo. Podemos poner un ejemplo para aclarar a qué nos referimos: no es lo mismo preguntar qué es la sangre a preguntar por qué, en nuestro contexto social, necesitamos que muchas personas donen su sangre. No es lo mismo. Se trata de preguntas de las que Lipman[iv] dice que cuestionan los conceptos, que buscan evidencias para probar los motivos. Además, estas preguntas pueden ser de muchos tipos: hay preguntas comparativas como ¿Qué diferencia una escuela de la universidad?; analíticas como ¿Por qué oriente y occidente se han desarrollado de forma distinta?; sintéticas como ¿Cómo resumiríamos lo expuesto con un titular?; convergentes como ¿Cómo sabemos que alguien intenta engañarnos?; de redefinición como ¿Por qué un reloj es como un profesor?; divergentes como ¿Seguro que Homero escribió la Ilíada?; empáticas como ¿Qué medidas tomarías si dirigieras la escuela un día?; netamente filosóficas como ¿Por qué las cosas son como son?; hipotéticas como ¿Qué pasaría en el mundo si Internet no funcionara?; interpretativas cómo ¿Qué quiere expresar este concepto en este contexto?.  
Debemos, igualmente, practicar los diversos métodos de pensamiento en la escuela. El método deductivo permite, ante la buena pregunta, formular una hipótesis, que debe ser contrastada con la realidad para verificarla o falsarla, tratando de buscar leyes para lo natural o lo humano. Pero también el inductivo, que parte de la realidad para hacer hipótesis, en sentido inverso al anterior, o el analógico, que permite comparar dos realidades distantes en base a un criterio común, como cuando decimos que la sangre es el agua de los ríos que recorre el cuerpo. Ciertamente, estos métodos no ofrecen la misma certeza, pero todos ellos son válidos para despertar el espíritu crítico.

En mi opinión, la escuela debe ser también el lugar donde ejercitar las habilidades de pensamiento. Nótese que se habla de habilidades, que se pueden entrenar, ejercitar, en una higiene mental que nos recuerda analógicamente la higiene que para el cuerpo supone el ejercicio físico. Partimos de esa base. La inteligencia se entrena, porque es plástica. Así, el filósofo Matthew Lipman[v], propuso clasificar las habilidades en cuatro tipos que deberíamos considerar.

En primer lugar, las de investigación, como la observación, la formulación de hipótesis, la anticipación de consecuencias o la selección de posibilidades. Estas habilidades recogen información del mundo, sobretodo a través de los sentidos y permiten descubrir vestigios de la realidad que nos rodea.

En segundo lugar, las habilidades de conceptualización que clasifican la información, promueven la abstracción y son el vínculo entre pensamiento y lenguaje, para formar conceptos. Entre ellas hallamos habilidades como definir, poner ejemplos y contraejemplos, comparar y clasificar, agrupar, o seriar.

En tercer lugar, Lipman señala las habilidades de razonamiento, que permiten vincular los conceptos y conectar las ideas. Al elaborar la información, estas habilidades amplían los conocimientos que tenemos. Entre ellas se encuentran habilidades como dar razones, razonar de forma condicional, razonar de forma analógica, conectar causas y efectos, conectar las partes con el todo o el fin con los medios.

Y, finalmente, las habilidades de traducción, que preservan el significado y dan cuenta de la profunda comprensión que puede llevar a expresarlo en lenguajes distintos al verbal. Entre ellas, cabe destacar la traducción al lenguaje mímico, plástico, musical pero también la síntesis o la interpretación. Al respecto de todas estas habilidades, fácilmente podemos comprender que la conciencia de los docentes para trabajarlas y su insistencia en hacerlo con todas ellas, van a significar, si se hace sistemáticamente, un excelente recurso para engarzar el pensamiento crítico en las actividades de la escuela.

Con todo, para ello es necesario diseñar unas circunstancias que lo hagan propicio. Sin duda, la principal de ellas es el tiempo. Pensar y reflexionar son actividades que requieren tiempo y lentitud. El pensamiento crítico no quiere ni entiende la prisa, que suele ser mala consejera para afinar los criterios y los análisis. Además, la escuela debe garantizar espacios de encuentro, donde compartir las reflexiones con otros, para garantizar esa diversidad que tanto permite aprender (y que hoy, además, gracias a la tecnología, puede llevar a conectar dos lugares sumamente distantes). Por otro lado, cabe no olvidar las rutinas y los modelos que visibilizan lo reflexionado y muestran al alumnado un camino a seguir en la interrelación con los adultos y con otros compañeros. Del mismo modo, aprovechar las oportunidades que la vida real suele dar en sus conflictos y valores controvertidos, para plantearlos en la clase y someterlos al pensamiento de los niños y jóvenes, y evaluar -no solamente poner nota- el grado de profundidad alcanzado en su análisis, son, sin duda, factores que van a favorecer que el pensamiento crítico surja y se ejerza.

Siguiendo a Dewey[vi]y Vigotsky[vii] podemos afirmar la naturaleza social del conocimiento. Aprendemos socialmente en el contraste con los demás. Por eso, promover en el aula la creación y sostenimiento de una comunidad de aprendizaje, concebida como un todo que va más allá de las partes, permite también el ejercicio del pensamiento crítico. Esta comunidad de investigación coopera para buscar un objetivo común que se concreta en: la mejor comprensión del tema tratado y la toma de decisiones conjuntas y consensuadas, si procede. El docente puede ayudar a fortalecer los vínculos y la satisfacción que produce formar parte de un grupo, cuando valora por igual a todos los integrantes y les hace sentir que su contribución, la de cada uno, es esencial para que el grupo funcione. No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de la fuerza que tienen esos vínculos para poner en marcha el inconformismo que, como decíamos, caracteriza el pensamiento crítico o la humildad con la que reconocemos que los demás nos han ayudado, o incluso el orgullo por lo conseguido. Sólo es necesario ver un grupo de niños o jóvenes deportistas para comprender cómo un grupo transforma a sus integrantes, al punto de concebir los triunfos que se obtienen más como colectivos que como individuales.

Por otra parte, y aunque viene de muy lejos, el diálogo socrático, con su mayéutica y su ironía, con su capacidad de hacer dudar de las propias creencias o de lo dado por sabido, para intentar mejorar su comprensión, sigue siendo una excelente forma de trabajar en el aula el pensamiento crítico. Lo que ocurre es que ese diálogo debe pasar por las manos de un maestro que sepa guiarlo y ejercerlo, con las preguntas y observaciones perspicaces que llevan a los discentes a participar de él. El diálogo socrático no es fácil de implementar porque no se conforma con llegar más cerca de la verdad, sino que se complace en problematizarla. Con todo, tiene unas características que lo hacen fácilmente reconocible como son las siguientes: se basa en preguntas que amplían la complejidad; reformula lo dicho para una mayor claridad; construye sobre lo que ya se ha dicho; demanda ejemplos y contraejemplos; define con rigor los conceptos propuestos; trata de conectar los conceptos entre sí y procura tener en cuenta las opiniones diversas para tratar de integrarlas. Ese diálogo respeta la réplica, refuerza a todos los participantes, muestra respeto y aprecio y ofrece mejoras y soluciones a los problemas que aborda. En definitiva, constituye lo que llamamos pensamiento crítico constructivo.

No obstante, para implementar todo lo dicho hasta ahora, nos es necesaria la figura de un nuevo docente. Éste debe renunciar a la centralidad del aula en favor de los alumnos y alumnas, saber de la importancia de su papel al tiempo que renuncia e a la vanidad que en cierto modo caracteriza nuestra profesión, así como estar dispuesto a investigar continuamente y a aprender junto a los alumnos. En mi opinión, los niños y jóvenes deben aprender a pensar por sí mismos, y el rol de profesor no es pensar por ellos sino crear y generar las condiciones que lo hagan posible, el marco en el que sea fácil llevarlo a cabo, la escalera en la que puedan trepar hacia su autonomía. Permitidme una analogía que puede dar cuenta de lo que trato de decir: un paciente es para un cirujano un sujeto pasivo en la operación. Casi todo lo lleva a cabo el médico, básicamente. En cambio, un jardinero no realiza su labor del mismo modo, aun cuando lo parezca. El jardinero planta la semilla y cuida del suelo, regando y abonando, pero no está en sus manos culminar el proceso de crecimiento. Por eso, el docente debe tener más de jardinero que de médico, si quiere estimular el crecimiento autónomo de sus alumnos hacia el pensamiento crítico.

Ese docente debe enseñar a sus alumnos a evaluar con criterio. Evaluar ya lo hacen, porque evaluar es inherente al ser humano. Todos evaluamos en cuánto valoramos, porque evaluar no es más que dar razón de una clasificación de méritos. Ésa, no obstante, no es la única forma de evaluar. Quién nos pide un consejo nos demanda una evaluación y quién lo da, también evalúa. En cierto modo, toda hipótesis es una evaluación de la situación que pretende explicar. Por eso cabe hacer conscientes a los alumnos de ello.

La evaluación está enraizada a la vida y la capacidad de formular juicios. Y deben ejercitarla con la consciencia de que eso afina nuestros criterios. En este sentido, además, podemos ser muy creativos si aprendemos a utilizar las metáforas-analogías-, para evaluar. Por ejemplo, podemos proponer a un niño o joven que nos diga “con qué paisaje compararía cómo se siente hoy, y por qué motivos”. En palabras de Angélica Sátiro[viii], estaremos de este modo trabajando el pensamiento crítico y el pensamiento creativo a la vez.
 
Finalmente, para terminar, también podemos analizar los diferentes elementos que se encuentran en nuestro pensamiento. Cabe destacar que ser conscientes de las partes, facilitará entender el todo. Según los autores Richard Paul y Linda Elder[ix], el pensamiento crítico contiene los siguientes elementos:

 


Tomada de:

http://www.au.af.mil/au/afri/aspj/apjinternational/apj-s/2007/4tri07/guillot.htm


1. Objetivos y metas:
Los pensamientos tienen objetivos y conocerlos responde a la pregunta ¿para qué pensamos eso?
 
2. Cuestionamientos y preguntas:
El pensamiento se pone en marcha con una sensación de desconcierto o admiración que, casi inmediatamente, se traduce en una pregunta: ¿por qué pasa eso?
 
3. Información:
Como hemos dicho, no todos los pensamientos tienen la misma fuerza. Aquellos pensamientos que dan buenas razones, basadas en hechos, evidencias o experiencias son mejores: ¿en función de qué argumentos sostengo esa opinión?
 
4. Conceptos:
Nuestro pensamiento está lleno de conceptos. Estos se relacionan en los juicios que hacemos: ¿cuáles son los conceptos que manejamos en esta investigación?
 
5. Interpretación:
De los pensamientos se infieren conclusiones cuando se sigue una lógica clara y válida, tanto desde el punto de vista formal e informal: ¿cuál es el sentido general de esta indagación?
 
6. Suposiciones:
Los seres humanos cargamos en nuestro pensamiento, a veces de forma consciente y otras no, unas creencias. Algunas las hemos validado con buenos argumentos; otras, no: ¿puedo estar seguro de lo que creo?
 
7. Puntos de vista:
Los asuntos controvertidos pueden tener varios puntos de vista. El pensamiento crítico debe contemplar la complejidad económica, religiosa, cultural, política… para poder formar nociones que sean válidas o se puedan aplicar a contextos distintos. Siempre hay subjetividad, pero debemos aspirar a una comprensión lo más profunda posible: ¿he considerado todos los puntos de vista?
 
8. Implicaciones:
El pensamiento crítico desprende unas consecuencias positivas o negativas, ciertas, inciertas o probables que nos ayudarán a decidir: ¿cuáles serán las consecuencias de lo que hemos hallado pensando?
Desarmar y volver a armar estos elementos, ejercitarse en cada uno de ellos, puede ser una buena manera de fortalecer la crítica.
   
CONCLUSIONES

Tras todo lo dicho hasta aquí, sólo queda sacar las implicaciones oportunas que pueden favorecer la introducción y el sostén continuado del pensamiento crítico en la escuela.

Es evidente que deben conjugarse los esfuerzos para que dicho proyecto sea factible. En primer lugar, diseñando los tiempos y los espacios que lo hagan posible, en la escuela. En segundo lugar, procurando la adecuada formación de los docentes para que sean capaces de guiar el diálogo filosófico y puedan formular las preguntas y guiar las investigaciones que permitan el trabajo cooperativo de los alumnos, fortaleciendo así su pertenencia a una comunidad de indagación que se desarrolle, con proyectos, sobre problemas personales y sociales relevantes. En tercer lugar, fomentando el ejercicio en clase de las habilidades de pensamiento y el análisis de los diferentes componentes del pensamiento, en un ejercicio reflexivo y complejo.

Y cómo en educación lo relevante no es sólo el qué sino, sobre todo, el para qué, cabe concluir que todo ello se debe hacer para que los alumnos puedan ejercitarse en la libertad y en la participación, competencias básicas para cualquier ciudadano que quiera construir una democracia sólida, en la que se destierren definitivamente, la corrupción, la falta de transparencia y la manipulación. Sólo un ciudadano crítico con el poder, autónomo, responsable en la tarea de proponer soluciones negociadas podrá mejorar la calidad de nuestras democracias y desarrollar la justicia para todos y todas. 

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[1]Camps, V., Elogio de la duda. Barcelona: Arpa Ed; 2016.
[2]Bauman, Z., Tiempos líquidos. Barcelona: Tusquets; 2007.
[3]Popper, K., La lógica de la investigación científica. Traducido por Víctor Sánchez de Zavala (1ª edición). Madrid: Editorial Tecnos; 1962.
[4]De Bono, E., El pensamiento lateral. manual de creatividad. Barcelona: Ed. Paidós; 2018.
[5]Kant I., ¿Qué es la Ilustración?.Madrid: Alianza Ed; 2013.
[6]Gamboa S.Colombia: Chejov versus Shakespeare. El País 8 de septiembre de 2012.  Análisis. Artículo de Opinión.
[7]Didi-Huberman G. ¡Qué emoción! ¿Qué emoción?. Buenos Aires: Capital intelectual. Ed; 2016.
[8]Lipman M., El lugar del pensamiento en la educación. Barcelona: Octaedro; 2016.
[9]Lipman, M., La filosofía en el aula. Madrid: Ediciones de la Torre; 1992.
[10]Dewey, J., Democracia y escuela. Madrid: Ed. Popular; 2009.
[11]Vygotsky. L., Pensamiento y lenguaje. Barcelona: Ed. Paidós; 2010.
[12]Sátiro, A., Reevaluar. Barcelona: Octaedro; 2007.
[13]Richard P. y Linda E. (2005) Critical Thinking. 01/12/2017. Critical Thinking: Standards and Principles. www.criticalthinking.org
Editor (2014) The 8 elements of the critical thinking process. 01/12/2017. Education Technology and Mobile Learning. www.educatorstechnology.com.



Cómo citar este artículo:

Nomen, J. “La escuela, ¿Un receptáculo del pensamiento crítico”, Folia Humanística, 2019 (11): 29-43. Doi: http://dox.doi.org/10.30860/0048


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